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11/07/2016 - 09:31 General

Sonia Garrido es una enfermera del Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos que acaba de volver de Bolivia, donde ha pasado dos meses colaborando en el Instituto Psicopedagógico Ciudad Joven San Juan de Dios de la ciudad de Sucre. Una institución que trabaja con niños con discapacidad y en la que esta cooperante ha aportado mucho, pero todavía ha recibido más a cambio, sobre todo el cariño de los pequeños con los que ha trabajado.

Vinculada a la Orden Hospitalaria desde que decidió dirigir su vida profesional hacia el campo sociosanitario, puesto que estudió en la Escuela de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios de Ciempozuelos, Sonia Garrido explica que su experiencia en Bolivia ha sido dura, sobre todo en los primeros momentos en los que tienes que adaptarte a un nuevo entorno.

Pero ahora tiene claro que ha sido una vivencia que ha merecido la pena y estaría dispuesta a volver inmediatamente para pasar otra temporada con el personal y los usuarios del centro de Sucre.

El Instituto Psicopedagógico Ciudad Joven San Juan de Dios brinda atención especializada, integral y humanizada en las áreas de salud y educación a niños y jóvenes menores de 18 años con discapacidad física y/o mental, trastornos psiquiátricos y abuso en el uso de sustancias.

Esta enfermera no había trabajado previamente con niños y asegura que ha vivido situaciones muy duras, sobre todo al ver que había pequeños a los que su familia ha dejado en el centro por no poder ocuparse de sus necesidades. “Me costaba mucho entender cómo se puede abandonar a un pequeño de esta forma”, explica, aunque reconoce que la situación económica y social en Bolivia es mucho más complicada que en España.

“Allí faltan recursos en todos los sentidos. Te acostumbras a trabajar con muy pocos medios y a utilizar todo lo que tienes a tu alcance; y para la gente cualquier gasto es enorme, por lo que hay otra forma de entender el dinero y gastarlo”, indica Sonia Garrido.

Pero pese a las limitaciones físicas, el trabajo que se hace en el Instituto es enorme, nos relata, y gracias a un personal que lo da todo para cubrir cualquier carencia que exista y que trata a los niños de una forma tan humana y cercana que es posible respirar alegría donde, en un primer momento, parece que hay solo sufrimiento.

“Es muy gratificante trabajar con niños; al principio necesitan un tiempo para adaptarse a ti pero luego te das cuenta de que te buscan y se acercan para estar contigo y eso te hace sentir muy bien”, nos narra.

Para esta joven enfermera, toda la experiencia ha resultado muy enriquecedora y aconseja vivamente el voluntariado, porque aunque en un principio cuesta un poco estar tan lejos de la familia y encontrar un hueco en el lugar de destino, enseguida te sientes bien acogida y te das cuenta de la importancia de tu labor. “Animaría a que todo el mundo viviera la experiencia de ser cooperante”, asegura.

“Aprendes a valorar más las cosas; te das cuenta de que algo que aquí no vale todo, allí hace la diferencia; por eso se trabaja de otra manera, pero con la hospitalidad, como aquí, como prioridad”, nos explica, a la vez que resalta la amabilidad y la tranquilidad con la que se afronta la vida en Bolivia.

Por eso, indica, una vez que ha tenido lo oportunidad de regresar y ver a sus padres y a otras personas a las que echaba de menos, no dudaría en regresar mañana a mismo a Sucre. “Este voluntariado me ha dado la oportunidad de tener una experiencia nueva, de conocer otra cultura, otra gente y otro entorno y todo ha sido muy positivo, incluida la posibilidad de trabajar con niños, que son puro cariño, puro amor”.